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CRÍTICAS/ARTÍCULOS

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FERNANDO MON
(El Ideal Gallego)

La luz es uno de los elementos mas sustanciales de la composición pictórica de Sánchez Leal. No ofrece lugara dudas que nos encontremos ante una pintura sin complicaciones, inteligente y particularmente coherente.

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RAFAEL CORTES
("SUR" de Málaga)

La obra de E. Sánchez Leal es de un auténtico impacto. Responde a unas convicciones artísticas que abrieronlas puertas a un estilo. Cada obra responde a un concepto de rapidez, rapidez en la percepción del motivo, enla pincelada que entra en movimiento para lograr que en una horas el cuadro quede terminado.

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A.M. CAMPOY
("ABC")

En los cuadros de Sánchez Leal, de mañana o tarde, la luz se ha desposeido de la dureza del medio día, y esya puro color, "color biológico, color viviente" como quería Cézanne; una pintura al aire libre que deberepentizarse o captarse urgentemente ante el continuo cambio de la luz.Revive la antigua alegría de vivir, reencontrada por nosotros como un regalo imprevisible de sus cuadroshechos de suavidad y vigor, de largo amor y espontaneidad; Agua de luz para lavarnos los ojos.

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JOSE PEREZ GUERRA
(El Punto de las Artes)

Sánchez Leal pinta la impresión de un instante. Sus paisajes ofrecen, como secreto revelado, la situación gozosa -del paso del tiempo. Extra de la naturaleza el rumor de la creación e interpreta los espacios donde moran los espíritus.

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JAVIER RUBIO ('ABC")

Sánchez Leal me recuerda algunos maestros ingleses de principio de siglo, por la forma de interpretar la luz ypor la discrección de los contrastes. Nos habla de una autodisciplina y de un lirismo al aire libre y en voz baja.

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JESÚS GIRONÉS
(Diario de Pozuelo)

Enrique Sánchez Leal podría ser un personaje de Valle Inclán o Benito
Pérez Galdós, pero como ha nacido en estos tiempos le ha sacado en su
libro del Café Gijón el gran Pepe Esteban. Enrique es un pintor del
natural, algo así como un dinosaurio en los tiempos en que se ha
decretado la muerte de la pintura. El hace un acto de amor y pasión en
cada cuadro, deja constancia de un flechazo, de un enamoramiento.
Pintor del natural... El va eligiendo paisajes, pueblos, rincones.
Tozudo cuando se pone, se empeña y se emperejila, puede desafiar la
lluvia o dormir con un pastor que le ha dicho que la vista cuando es
realmente buena es con la amanecida.

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LA CASA VERDE

Antonio Hernández


LA CASA VERDE
Ahí está, a la izquierda y arriba de la página, con
su pelliza de andaluz enjuto de campo y su gorra
escocesa, pintando un escalofrío madrileño que se
ha desdoblado en mariposa con un ala real de
arboleda y otra fantasmagórica en el agua del
estanque.
Las altas copas de la realidad se han hecho vuelo
para la imaginación en la superficie del pequeño
lago artificial y yo puedo ver invertido sobre las
ondas, mi pueblo de Arcos de la Frontera, el que
Enrique pintó con plumas y vocación de ave más
que con indumentaria o badana de casas, torres y
barrancos.
Y acaso ahí esté su poder, su supremo poder, en su don para transfigurar la realidad y proponérnosla con esas
alas que nos faltan para que seamos el Icaro de un momento capaz de batir un pobre récord de oscura existencia
cotidiana y proyectarnos hasta esa sensación de plenitud, que los que tienen fe llaman milagro y los que no
asombro. Y ejecutado a pie firme, en contacto con la naturaleza, como si pisando la tierra se insuflara de una
corriente telúrica explicativa de que no hay hojas frescas al aire sin un gobierno de raices. Al fin y al cabo, un
introito, un preludio, de un prodigio que ha de repetirse a lo largo de toda la colección con el crédito que tienen
los milagros, el de la sorpresa, esa capacidad extraña que poseen los elegidos para conseguir una nueva fórmula
iluminadora de lo real. Enrique ha tomado por modelo esa megalópolis verde de árboles, estatuas y aguas
posesas que es el Parque del Buen Retiro, y a su placidez de corazón vegetal le ha puesto su melancolía de
licántropo de rosas y parterres: así como el ángel caído lo sigue siendo por su memoria de que lo fue, se hace de
nuevo tierra y cuanto de ella brota para adorno del aire. Eso, es asimismo recurso de Anteo, volver al barro, a la
fuente, para regenerarse. Hasta que el cántaro se rompa, lo que en el caso del hombre que no es artista supone el
polvo, la muerte, sitio donde no hay color. Pero, por fortuna, no es el de Enrique, que deja sus ojos, vírgenes,
ilesos, plasmados para siempre en lo que no perece. Añade al mundo su mirada, hace posible lo imposible
porque fija y concentra, para nuestra gloria, la eternidad en el instante redentor de un sólo pestañeo
Antonio Hernández

UN PINTOR DEL NATURAL

A.M. CAMPOY

"Haz lo que quieras, lo que veas.
lo que sientas.
Courbet
Siempre que considero la periódica necesidad de la pintura de volver a
la Naturaleza para salvarse (a punto de morir como periódicamente está
entre repeticiones y aislamientos de taller), gusto de la mitológica lección de
Anteo, hijo de la Tierra, que cuando estaba a punto de perecer entre los bra-
zos de Hércules tocaba con sus manos el cuerpo de su madre y súbitamente
recobraba las fuerzas y el poder de la vida. A punto de perecer estaba la pin-
tura (a manos del gran teatro de David y Géricault y de la helada perfección
de Ingres), cuando Théodore Rousseau y sus amigos se tueron al bosque de
Barbizon a salvarla, y la salvaron plantando "in situ
" sus caballetes entre los
nobles árboles, cuya frondosa sensualidad filtraba el sol con los colores del
prisma (verdes, azules, rojos, violetas, amarillos, naranjas), ya sin los forzados
contrastes del claroscuro, violentando jubilosamente la perspectiva, que dejó
de ser una norma geométrica para convertirse en una viva gradación de tintes
y tonos entre el primer plano y el horizonte... Ya estaba allí, como quien
dice, el impresionismo.
El modernismo impresionismo, cuyo grito de pánida actualidad acaba
de descubrir Madrid en las regatas de Argenteuil y en la nieve de Vétheuil,
pintadas en 1872-79 por el modernísimo Claude Monet, padre espiritual
-o por lo menos padrino-
de nuestro Sánchez Leal, este otro ingenuo
amador de amaneceres y atardeceres, en cuyos cuadros palpitantes de since-
ridad y emoción revive la antigua alegría de vivir, reencontrada ahora por
nosotros como un regalo imprevisible de estos paisajes echos de suavidad y
vigor, de largo amor y espontaneidad: agua de luz para lavarnos los ojos.
A. M. CAMPOY

ENRIQUE SÁNCHEZ LEAL

Manuel Alcántara

En Central Park o en el morro del puerto de Málaga, junto a esos norays con caderas de mulata; en los cantiles
cantábricos o en el gineceo del Buen Retiro, en cualquier lugar del mundo, que es ancho y nuestro, se puede ver a este
perito en intemperie registrando una luz, dando fe de unas ramas últimas, recogiendo un resplandor o anotando el
parpadeo de una estatua en un jardín sin gente. Es fácil reconocerle: leva siempre gorrito escocés con un pompón
desmesurado, como si le hubiera crecido un chumbo en la sesera.
Enrique Sanchez Leal es un fervor y un hervor. Un tipo enloquecido, lleno de urgencias y de sonrisas, que ha llegado a
tener muy claro lo que quiere hacer con su vida. Pertenece a un linaje a extinguir: el de los pintores del natural. Muchas
cosas le caracterizan. La primera, quizá, que rehuye la trascendencia y se conforma con escribir a pincel notas
emocionales. Estamos ante un paisajista nato que sólo pretende rescatar instantes y captar melodías cotidianas.
- Vete a Madrid a estudiar ciencias económicas -le dijo su padre, hace un montón de años.
- Pero, papá, si yo quiero ser pintor.…..
Obedeció a su padre y se obedeció a sí mismo. Se licenció en ciencias económicas, trabajó en esas multinacionales donde
todos los ejecutivos están cortados por el mismo patrón -el patrón oro- y se puso a pintar los almendros o la luz de
Pescadería, la bruma del norte o la boria malagueña. Enrique es un entusiasta que se exalta por cosas menores, un
creyente en la libertad de cada cual. Si le llega a conocer Ramón Gómez de la Serna, le nombra miembro de la Academia
de la Real gand.
Ahora regresa a su tierra aquel niño de la Ciudad Jardín, convertido en especialista en los jardines de cualquier ciudad.
Viene a enseñarnos lo que ha pintado del natural por aquí y por allí, con luvia o con sol. Esa es la noticia venturosa:
Enrique ha vuelto. Loco perdido y bien hallado.